L’œil émotif (🇨🇴)

Hoy les hablaré en español de un tema que no es tan leve como los que evoqué en mis artículos anteriores. Por ello, les pido que entiendan la manera a veces imprecisa por la cual me expreso. Al mencionar Colombia, una de las primeras connotaciones que nos viene a la mente es el conflicto armado que destruyó al país en las ultimas décadas. Obviamente, hasta que venga a conocer Colombia, uno no se da cuenta de como está la situación. Colombia es mucho más que esta parte oscura de su historia. Es un país hermoso que descubrir. Pero también me parece importante explicar el vínculo que hay entre el conflicto armado y la persistencia del racismo hoy en día. Por eso les contaré lo que se me hace querido muy querido para mi, como lo siento después de 6 meses en Colombia.

PERSISTE EL RACISMO EN COLOMBIA

Ayer, en mi clase de Estudios Culturales de América Latina, evocamos el racismo en Colombia que fue una de las causas de los enfrentamientos. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística en 2005, la población colombiana se compone de un 37 % de blancos, un 10,6 % de afrodescendientes, un 3,4 % de indígenas y un 0,01% de gitanos. El resto consiste en un 48,9 % de mestizos. Al final, es importante discutir tales cifras. En efecto, Colombia se dice “mestiza”, pero, debatiendo con mis compañeros colombianos me di cuenta de que no más es una apelación que se volvió polémica.

Entonces, ¿cómo podríamos definir el mestizaje? Para mi, es un cruce de diferentes razas. Este proceso empezó a partir de la conquista española y produjo una población multiétnica y una cultura diversa. “Como resultado, surgieron los mestizos (descendientes de amerindios y blancos), mulatos (descendientes de negros y blancos) y zambos (descendientes de amerindios y negros)” según Colombia.co. Sin embargo, esas mezclas produjeron la inexistencia de una identidad común colombiana y una difícil unión como nación unida.

En efecto, hoy en día sigue la discriminación de las minorías. El racismo en Colombia no es algo gritado a voz alta. “Es más bien un sentimiento sutil”, opinaba una compañera. Les quiero invitar a que observen la población estudiantina de las mejores universidades del país. Todas son privadas. Todas tienen una mayoría de estudiantes blancos y pocos afrodescendientes. Por ello se implementaron unos programas de ayuda financiera, tal como el programa “Quiero estudiar Pacifico”, que regala becas a buenos estudiantes del Pacifico. A estos estudiantes que no alcanzan los precios altísimos de una matricula en una universidad de la elite.

Por otra parte, el Chocó (en la costa pacifica) se destaca siendo el territorio más pobre y sin infraestructuras de toda Colombia. Al contrario, es la parte que posee más riquezas naturales del país. Pasa lo mismo con el Valle del Cauca y Antioquia, por ejemplo. Y, de hecho, esas regiones son las más comunitarias del país. En el Chocó radica la mayoría de la población negra de Colombia, y resulta ser el departamento con el mayor porcentaje de personas en situación de pobreza (62,8%) y de pobreza extrema (37,1%), según el DANE. ¿Será que los dos datos son relacionados? Creo profundamente que sí.

En pocas palabras, el racismo sigue persistiendo en Colombia. Es diferente de lo que está pasando en los Estados Unidos, pero al final se me hace casi tan grave. La gente se llama “mestiza”, no más es una palabra maleta, que se usa para esconder la realidad colombiana. Porque la verdad es que Colombia sigue estigmatizada por las diferencias raciales y culturales. Y esta situación está en parte debida al conflicto armado y el desplazamiento de poblaciones que provocó.

SEAMOS TESTIGOS DEL PASADO PARA CONSTRUIR UN MEJOR FUTURO

Ahora bien, tuve la misma impresión al visitar la exposición “El testigo, antología fotográfica de 1992 a 2018” de Jesús Abad Colorado López con la ayuda de la Universidad Nacional de Colombia, en el Claustro San Agustín, en Bogotá. Se compone de 500 obras divididas en cuatro salas, que exhiben distintas caras del conflicto.

La primera sala tiene como titulo: “Tierra callada”. Al entrar, un gigantesco árbol de papel nos da la bienvenida como si estuviéramos por entrar en otro mundo. Una vez que estamos adentro, se siente el poder a la vez emocional y histórico de las fotografías. Las tomó sobre todo en las provincias de Antioquia y del Chocó, pero también encontramos unos paisajes de la Guajira o del Valle del Cauca. Varias caras nos están mirando, o, al contrario, posan mirando hacia abajo. Como si estuvieran orgullosos de su historia, aunque terrible. Como lo demuestran estas dos fotos siguientes, Colombia no tuvo la “suerte” de tener a un Caín o un Abel, los hermanos enemigos en la Biblia. No. Colombia conoció a un tipo de crueldad, de violencia y de odio que podía venir por todas partes.

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Para mi fue un verdadero descubrimiento. Esta primera sala me sorprendió y me dejó sin palabras. Yo, a quien siempre las palabras le sobran. Esta vez estuvo diferente. No sabía como portarme. Que sentir. Que si debía sacarles fotos o no. ¿Será que soy una niña a quien le falta el respeto a la historia por tomarles fotos a la gente quien ha sufrido? ¿Será que soy irrespectuosa, o aun desconsiderada?

Y ese mismo conflicto causó un tremendo desplazamiento, por la inseguridad que se sentía en los pueblos. Al salir de la sala, unas diapositivas presentan fotos de color, juntas con una leyenda. Con una amiga que venía conmigo, nos quedamos largos minutos sentadas, la mirada atrapada por la realidad que exponían las fotos. “¡Mira! Algunas fueron sacadas en 2017.” “No, amiga… No se puede… ¿entonces esto seguía hace dos añitos?

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Abad: “Tengo que hacer esto. Piensen en las imágenes de Vietnam o en los campos de concentración nazis con las cámaras de gas y los miles de muertos. Sin estos testimonios no se conocerían esos hechos y alguien los negaría.”

Me demoré unos momentos antes de atreverme a salir de este primer mundo tan acogedor, pero a la vez tan monstruoso por la verdadera verdad que describe. Sigue la segunda sala que se llama “No hay tinieblas que la luz no venza”. Esta es más espaciosa y se centra en la desaparición forzada. Vi a múltiples retratos fijando su mirada en mi persona. Me sentí como una hija suertuda que sigue teniendo a su familia y que nunca tuvo la desgracia de conocer a alguien que desapareció después. Otro rostro del conflicto. Conocí muchas historias tan personales en esta sala que nunca hubiera pensado descubrir un día. “Que valientes son…”, me comenté a mi misma.

La tercera sala, “Y aun así me levantaré”, anuncia un cambio de óptica muy optimista. Habla del impacto del conflicto sobre la cotidianidad de la población. A primera vista, me agradó y me dio poquita sonrisa el retrato de una niña. Luego, me enfoqué en el hoyo en una ventana de vidrio, que provocó una bala. La niña estaba posando con su ojo viéndonos a través el hoyo. Y otra vez sentí la culpabilidad adentro de mi corazón europeo.

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Por fin, la última sala “Pongo mis manos en las tuyas”, se destaca como la más feliz. Es un conjunto de fotografías de marchas por la paz, de movilizaciones populares y de unión social. Salí de esta sala con la conciencia poquito más ligera que como salí de las otras. Sentí que era una conclusión buenísima y merecida para toda esta exposición.

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Sin embargo, pueden preguntarse algo, y es normal. ¿Por qué sintió la necesidad de crear esa galería fotográfica? La respuesta es muy sencilla y a la vez lógica. “Porque él tiene la convicción de que 7 millones de víctimas de desplazamiento forzado, 220.000 muertos, 120.000 desaparecidos y 30.000 secuestrados sí tienen que ver con cada uno y todos los colombianos”, según lo que cuenta un articulo del periódico colombiano El Tiempo.

Les dije : las palabras no me sobraron al visitar la exposición. Y todavía no me sobran. De hecho, es aun difícil y complicado para mi encontrar las matices perfectas para expresar mi punto de vista y compartirles mis ideas sin que nadie se ofusque. De verdad me parece interesante hacer esta comparación entre el legado del conflicto y la persistencia del racismo en Colombia.

Más allá, quisiera escribir este artículo después de haber leído el manifiesto de Abad entre dos salas. Expone las características de un periodista y las calidades que debe demostrar para que su trabajo sea considerado y apreciado. Afirma : “Soy periodista, soy fotógrafo. […] Este es mi testimonio.” Esta declaración me impactó en particular porque, como les confié al presentarme, siento la necesidad de ser un medio de expresión para la gente y también de ser un testigo de la Historia.

Esta exposición maravillosa y llena de secretos para descubrir representa, para mi, los objetivos que un periodista tiene que lograr en su profesión. No solo tiene que respetar la ética, conocer a la población que entrevista, sino el más importante es que tiene que entender su historia para transmitirla. La obra del periodista paisa persigue el ideal de un futuro mejor, de una visión optimista de su querido país. Y las personas cuyos retratos fueron expuestos son el símbolo de una voluntad de ir más allá del racismo y de construir una identidad común para el pueblo colombiana. Pero esto pasa por el reconocimiento de su pasado.

Dejo la palabra del final a Abad: “Me preocupa que como sociedad no nos preparamos para la construcción de la paz.

Marina

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